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No existe dolor más grande para un…
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No existe dolor más grande para un padre que perder el propio hijo antes de tiempo

Por Patricia Zorzenon
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Muchos piensan que el terror más grande que se puede sentir en la vida es morir, pero de hecho quizás no es así. Muchos padres podrán decir que la sensación más terrible que una persona pueda sentir cuando se está vivo es ver perder el propio hijo antes de tiempo. Un dolor punzante que no desaparece nunca del todo y que deja marcas profundas e imborrables sobre quien ha criado, conocido o amado al pequeño que ha desaparecido repentinamente.

imagen: PickPik

Un dolor de este tipo no se va nunca del todo; no se deja nunca más de sufrir si se pierde un hijo, pero es un sufrimiento con el cual se debe aprender a convivir. Perder un hijo es mucho peor che perderse a sí mismo; con su ausencia, tenemos la sensación que una parte de nosotros está muerta con él y no podemos hacer nada más que esperar que un día volvamos a abrazar a nuestro hijo en el Paraíso o en otro mundo más feliz.

Cuando perdemos un hijo, nuestro corazón se parte un poco a la vez cada día en donde abrimos los ojos, nos asomamos a la ventana y vemos el sol salir de nuevo; un nuevo día sin nuestro hijo, un día donde la luz nuestro hijo no podrá nunca más ver y nosotros a ellos. Se puede aprender a convivir con este dolor día tras día, pero no existe cura completa.

 

Una de las consecuencias de esta pérdida devastante es que, no obstante en los años sucesivos al trágico evento se pueden sentir momentos de distracción y ocio gracias a la presencia o a la ayuda de las personas más queridas por nosotros, esta sensación de felicidad tenderá siempre a desaparecer demasiado pronto, porque después de la desaparición de un hijo nada parecerá tener más sentido y nada nos parecerá una fuente de alegría y felicidad. No obstante todo ello, se necesita comprender que es un deber permanecer fuertes para las personas que nos rodean.

Incluso ellos sienten el mismo dolor sentido por nosotros, pero si de ambas partes el sufrimiento se hace cargo, no habrá espirales de aceptación o mejoramiento futuro. La vida no obstante va hacia adelante y debe ir hacia adelante, nunca para atrás; la lenta apertura hacia las infinitas posibilidades es sorprendida por la vida y o sea que al final, no obstante el dolor punzante de la ausencia de nuestro hijo, nos mantiene vivos y atentos. No existe cura para una herida abierta de este tipo, pero existe la esperanza. Ella no debe morir jamás.

Tags: FamiliaPsicologiaAmor
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